‘La otra clase’: convivencia participativa y mediación escolar en Usera

La otra clase’ es un proyecto de mediación escolar en el que ha colaborado el Ayuntamiento de Madrid para mejorar la convivencia y vulnerabilidad.

“Es una cárcel diaria de 6 horas”, “es un sitio donde puedes aprender pero a la manera que quieren ellos”, “lo veo como un sitio de mierda”. Duras palabras para describir el instituto de algunos adolescentes de un barrio de Madrid. Pero, ¿por qué sienten esta actitud ante el instituto unos chavales de una ciudad de un país desarrollado? Este es el punto de partida de un proyecto denominado ‘La otra clase: convivencia participativa y mediación escolar’, en el que ha colaborado el Ayuntamiento de Madrid.

Alumnado de varios institutos de los distritos de Usera, San Blas y Villaverde ha participado en este proyecto que contemplaba tres fases y está basado en la convivencia participativa y la mediación escolar con enfoque de género y derechos humanos.

Nada más comenzar la primera sesión, a la pregunta de ¿por qué estamos aquí? los adolescentes responden con frases del tipo “porque nos han obligado, por mal comportamiento…”, expresiones que irán cambiando durante el transcurso de las sesionesEsta fase inicial consiste en la organización de un teatro foro en el que desarrollan escenas de conflicto que estos chavales viven en su día a día. A través del teatro ellos mismos escenifican cómo pueden resolver dichas situaciones de una forma distinta al uso de la violencia. Es entonces cuando afloran los problemas de cada grupo y se puede realizar un diagnóstico que permita planificar la forma de actuar en las siguientes fases. Se desarrollan escenas sobre celos entre parejas de adolescentes, acoso, etc. El objetivo es lograr la confianza y conseguir que chavales que pasan juntos muchas horas en clase, incluso después de varios años, se conozcan y compartan los problemas que les afectan.

Dinámicas para saber lo que sentimos

Con esta primera fase se trata de que cada persona haya llegado a verse, mostrarse al grupo tal y como es desde su realidad, y no verse diferentes, pues los conflictos que viven y el dolor que sufren es similar. Se trabaja mediante dinámicas variadas con carácter introspectivo, dirigidas a mirarse hacia dentro, y a saber cómo se sienten.

Una vez concluida esta parte, comienza la segunda fase y la negatividad inicial se transforma en palabras como estas: “entramos al taller como unos desconocidos y nos hemos convertido en una pequeña familia, es un sitio donde podemos contar nuestras cosas con confianza y donde tenemos apoyo y consejo, nos hemos conocido unos a otros y ello nos ha permitido cambiar porque vemos a las personas de forma distinta a como creíamos”. “El primer día que me dijeron de venir aquí, yo pensaba que esto era una mierda pero luego me arrepiento y ahora vengo porque quiero y no porque me lo diga nadie”.

Según detallan los responsables, en unos grupos ha sido más necesario trabajar el tema introspectivo, el tema emocional, y en otros más la descarga energética y el sacar para fuera las situaciones que viven los chavales. Los procesos no son fáciles ni rápidos y los resultados no son inmediatos. Se trabaja desde la “pedagogía del amor” y hace falta tiempo para que ese vínculo emerja. Juegos como el del péndulo en que todo el grupo sostiene a una persona que está en el medio haciendo de péndulo sin poder andar, ayudan a fortalecer ese sentimiento de confianza entre unos y otros. Si el juego sale mal y el chaval se cae, se preguntan qué ha fallado y se busca la similitud con otras circunstancias reales de la vida, en las que confiamos en la gente y cuando esta nos falla, entonces nos caemos, qué significa sostener a una persona, por qué a veces yo fallo a la gente.

Por otro lado, utilizan el teatro como una excusa para mostrar las emociones. La gente del grupo piensa que está haciendo teatro y no sus propios roles, aunque estén representando cosas que les suceden cada día. Son piezas creadas a partir de sus propias experiencias, sin dirección artística, basadas en los procesos participativos, donde los propios grupos establecen la estructura narrativa de la pieza y buscan símbolos para expresar aquello que no quieren contar.

En algún caso, en estas piezas se han mostrado, por ejemplo, escenas de autolesión, situaciones reales por las que atraviesan algunos chavales y que a través de este medio, les ha permitido expresarlo para contarlo a otras personas que puedan estar pasando por la misma situación.

La tercera fase del proyecto se da cuando el grupo ya se conoce y cada persona ha trabajado sus propios límites y máscaras, y ha conseguido salir de ellos, al menos en parte. Se trata de devolver todo ese proceso a otras clases.

Trabajo con familias y profesorado

El proyecto también incluye el trabajo con las familias y con el profesorado para poder llegar a conseguir la transformación. Si el alumno consigue en clase ese cambio, pero al llegar a casa se encuentra con situaciones de violencia, sin encontrar formas de resolver el mismo de forma pacífica, se cae todo el proceso realizado en el aula. Las familias trabajan con dinámicas similares a las de los chavales, en grupo, piezas de teatro, compartiendo situaciones difíciles diarias.

En el caso del profesorado, también se trabaja en grupo, dándoles un lugar en el que se miren como personas, qué conflictos viven en la vida diaria y qué responsabilidad y posibilidad de transformación tienen en la vida y en los problemas que los alumnos tienen en el centro. Ellos también representan piezas de teatro, donde viven las situaciones de presión y estrés diario.

La metodología se basa en que cambiando todas las partes su forma de actuar, la relación se transforma, se abandonan las máscaras que se portan el primer día y se cuenta con una clase donde además de contenidos se pueden tratar los problemas de todas las personas.

“Al principio, yo no sabía mediar un problema, ahora hay un problema y lo trato de resolver hablando; se pone (se refiere a una profesora) en nuestro lugar, en plan, nos intenta comprender, nos aconseja, nos escucha, entonces ella nos da ese voto de confianza en el que podemos confiar en ella y ella puede hablar con nosotros; ella confía en nosotros, nos cuenta las cosas que tiene ella y nosotros podemos contarle las cosas que nos pasa a nosotros porque sabemos que de nuestro círculo no va a salir”. Esta es una de las opiniones más frecuentes al término del programa.

Algunas de estas reflexiones pueden escucharse en este vídeo relativo al proyecto desarrollado por TRES Social durante un año. Comenzó en 2017 y finalizó en 2018. Ha sido cofinanciado por el Ayuntamiento de Madrid a través de la convocatoria de subvenciones de educación para una ciudadanía global. Es un ejemplo de cómo trabajar la cultura de paz, la convivencia y los procesos de transformación para que aquellos chicos y chicas que se encuentran en situación de vulnerabilidad por múltiples circunstancias, la mayor parte de las veces ajenas a ellas, tengan una oportunidad de aprender a convivir con dichas situaciones, desterrando los estigmas y prejuicios.

Información vía: Diario Madrid

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