Relatos contra el Covid19: “Usera o el País de las Maravillas”

Ahora, mientras caigo, recuerdo perfectamente las caras que pusieron mis amigas de la universidad la primera vez que les hablé de esto.

Todos los barrios, todos los distritos y, si me apuras, todos los pueblos de Madrid tienen sus curiosidades. Colmenar tiene sus ovejas, sus quesos y su fiesta cervecera en octubre; Moncloa tiene sus universidades y sus bares; luego está el distrito centro, que tiene desde el rastro hasta la Gran Vía, pero eso lo considero demasiado pretencioso. Seguro que, buscando mucho, hasta los tricantinos encuentran algo de lo que presumir.

Sus caras de asombro llegaron cuando, al hablar de mi distrito, no mencioné ni índices de criminalidad, ni la plaza más contaminada de todo Madrid, ni siquiera nuestra comunidad china, sino unos simples animalitos avariciosos.
– ¡Los conejos! – decía yo con efusividad.
– ¡Venga ya! Deja de tomarnos el pelo – respondía mi compañera del norte –. Es imposible que haya conejos en Usera.
– ¿Cómo qué no? ¡Lo digo completamente en serio! Y no solo en el Pradolongo, ¡también arriba, en el Zofío!

Recuerdo poner todos mis esfuerzos en describir la realidad para que mis amigas la creyeran. Aquella situación no podía pasar desapercibida. Recuerdo contarles cómo yo mismo tampoco lo creí cuando mi primo mayor me dijo por primera vez que había conejos en el Pradolongo, y eso que para mí todo lo que dijera mi primo siempre debía ser verdad.

Desde que empecé a caer he perdido la noción del tiempo, pero no pudo ser hace más de cuatro años cuando vi los conejos por primera vez. Fue al bajarme del autobús para hacer el cambio, frente al polideportivo, cuando tres conejos salieron corriendo de un matorral y se adentraron en las profundidades del parque. Cuando pasaron unos minutos, sentado en la parada, entendí por qué corrían: un enorme gato gris con penetrantes ojos amarillos pasó tranquilamente por delante de mí con un conejo blanco en la boca. Cuando me vio, el gato se asustó tanto que dejó caer el conejo muerto al suelo, pero al darse cuenta de que yo no tenía la menor intención de moverme, lo recogió y siguió su camino. Juraría que hasta me sonrió.

Pasaron meses hasta que pude volver a ver los conejos, de pasada, corriendo frente a mí. Por alguna extraña razón, durante ese tiempo, parecí olvidarme de lo increíble que me había parecido aquello la primera vez. ¿Qué hay de raro en que una manada (¿acaso se puede decir manada?) de conejos huya de un gato sonriente? ¿Qué hay de raro en que unos animales vivan en un parque? Nada, desde luego. Incluso comí conejo aquellas navidades, y las siguientes, y las siguientes. Ahora se me revuelve el estómago solo de pensarlo.

Pero en marzo de este año comenzó la locura que me trajo a este hoyo. Fue merendando en la plaza que hay frente a la biblioteca. Yo estaba allí, pasando la tarde más que estudiando, cuando vi pasar a mi padre caminando con un sombrero muy extraño en la cabeza. Me llamó mucho la atención, pues él nunca había usado sombrero. Decidí acercarme a saludarlo, pero al levantarme del banco escuché algo moverse entre los arbustos que había detrás de mí, y me agaché para comprobar si lo que creía haber visto era real.

Efectivamente, así era: un colgante con un adorno dorado en forma de corazón, lleno de barro. Cuando alargué la mano para cogerlo sentí que algo me mordía, pero no la retiré hasta conseguir sacar el colgante. Esa misma tarde, al llegar a casa, decidí regalarle el colgante a mi madre, quien se autoproclamó orgullosa “reina de corazones”. Preguntó un par de veces de dónde lo había sacado, pero viendo que no respondía, comprendió que quizás le convendría no conocer la respuesta. ¿Cómo le explicas a tu madre que le estás regalando un colgante de oro que le has robado a un conejo?

Pasé semanas investigando conejos y liebres por internet, intentando conocer su comportamiento, pero no encontré ninguna referencia a querencia de estos animales por objetos brillantes. El tema me obsesionó tanto que llegué incluso a escaparme de casa alguna noche armado con una linterna para recorrer los parques. Un par de chicas jóvenes que me vieron huyeron de mí, y no las culpo. Pero yo no las buscaba a ellas, buscaba el tesoro de los conejos.

Aunque esta pequeña aventura me haya costado tanto, algo me dice que lo peor aún está por llegar. Por los conejos dejé de hablarme con mi amigo Guille, quien prefirió quedarse en casa fumando de su pipa a acompañarme a encontrar el tesoro. Perdí dinero y joyas de mi madre que utilicé como cebo para comprobar que, efectivamente, los conejos se llevaban ese tipo de objetos. Al menos esto me sirvió para descubrir cuál era su modus operandi. Cuando descubrí cuál era su objeto favorito, mi plan perfecto estaba listo para llevarse a cabo. Para ello sólo tenía que dejar un reloj de bolsillo a la vista, a eso de las once de la noche, en la entrada del parque, y esperar a que un conejo blanco llegara.

Y así lo hizo, y cuando llegó yo salí corriendo detrás de él, confiando en que me llevaría a su escondite y podría recuperar, no solo los objetos que yo les había estado dejando, sino todos aquellos que seguro habían estado robando al resto del distrito. Estaba seguro de que esa gente se alegraría de oír como yo había rescatado sus objetos de valor de las manos (¿acaso se puede decir manos?) de los conejos.

Imaginaos mi sorpresa cuando, persiguiendo a aquel conejo blanco, llegué a un árbol que nunca había visto, me agaché para recorrer el agujero por el que se había metido, confiando en encontrar todos aquellos tesoros, y comencé a caer. En efecto, pude ver varios de los objetos robados mientras caía, y otros con los que nunca habría creído que un conejo podía cargar, como mecedoras, un paraguas, y hasta un antiguo reloj de cuco, pero me resultaba imposible agarrarme a ninguno de ellos.

Sólo grité durante los primeros dos minutos de caída, hasta que me aburrí y comprendí que no me pasaría nada. Ahora estoy empezando a frenar. El suelo se acerca cada vez más lentamente. Supongo que ha llegado el momento de descubrir qué demonios están haciendo los conejos con tanto objeto brillante. Quizás hasta pueda preguntar a aquel gato por qué sonrió cuando me vio, o si alguien sabe de dónde sacó mi padre aquel sombrero. Me pregunto si Lewis Carroll paseó alguna vez por Usera, o como se llamase esto en su época, o si estos agujeros están repartidos por todo el mundo. Si es así, y este no es el mismo agujero que hay en Cheshire, ¿van todos a parar a las mismas maravillas?

Carlos Ruiz Ramos

Publicado por Álvaro Barco Muñoz

Periodista y politólogo en ciernes (URJC). Actualmente, Web Content Editor en Web Financial Group y Editor de infousera.com. Ocupo mis tardes como entrenador de fútbol 11 en el EF Madrid Río (Técnico Deportivo Nivel I) y como jugador de la primera plantilla del EF Usera. Viajero y fotógrafo amateur cuando el tiempo y el dinero me lo permite.

2 comentarios sobre “Relatos contra el Covid19: “Usera o el País de las Maravillas”

  1. Qué casualidad, esta obra la estaba preparando para final de curso con un grupo de teatro formado por personas excepcionales, luchadoras,entusiastas y… . Pertenecemos a uno de tantos coles que en ese humilde, pero maravilloso barrio, Usera, trabaja y se esfuerza para que sus alumnos y alumnas, el día de mañana, puedan conseguir hacer del mundo un lugar mejor.

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