Relatos contra el Covid19: “¿Qué necesita el Señor Calavera?”

“Yo, que no puedo vivir sin viajar”, pensó Marcelo Calavera al oír que se cerraban las fronteras y aeropuertos españoles hasta nueva orden. “¡No me pueden hacer esto, con el viaje a Florencia para Semana Santa! ¿Será que levantarán el veto en dos semanas y, y, y aún dará tiempo?”, cavilaba el señor Calavera, que no quería renunciar a la gastronomía de Italia, a su arquitectura majestuosa ni a la fraternidad de sus gentes.

“Yo, que no puedo vivir sin España”, pensó Marcelo Calavera cuando se enteró de que Madrid cerraba accesos por todas y cada una de sus carreteras. Se vio de pronto amurallado, encerrado en los seiscientos kilómetros cuadrados del término municipal. Atrapado él y atrapados sus parientes allá en la provincia, sin ocasión de huir ni de escapar del virus que se le acercaba. “Yo, que no puedo vivir sin Madrid”, pensó Marcelo Calavera, que clamaba al cielo y le pedía que volviese a dejarle cruzar el puente de Legazpi, cruzar la Plaza Elíptica a Carabanchel o darse un paseo por el centro. Ni siquiera de su Usera podría salir el señor Calavera, había terminado confinado entre siete barrios y ciento treinta mil vecinos. Las mismas ciento treinta mil caras en adelante, todos los días, ni una más, mientras se prolongase la cuarentena.

“Yo… ¡con lo que a mí me gusta mi barrio!” se lamentó Marcelo, roto del alma, porque ya  solo le quedaba su calle, en un escueto paseo de cien metros para airearse. Adiós a las vistas de la Dama del Manzanares, adiós a los atardeceres del Cinema Usera, se acabaron las terrazas del Plaza Rio, los cafés orientalizantes de Dolores Barranco y fin de las noches adentrándose por los árboles del Pradolongo. Fue en esta pérdida cuando Marcelo atisbó a comprender que el cerco era real, que le rodeaba y ni siquiera iba a respetarle el barrio.

“¡Mi calle! ¡Yo que no vivo sin mi calle!” pensó el señor Calavera, al que también le clausuraron el Cristo de la Victoria, su avenida, ahora irreconocible, desierta. “¡Mi calle!, que dicen que es fotovoltaica porque con la luz del sol le sale la gente y ahora no tiene a nadie”, se dijo. No tenía su calle, era verdad, ni gente cantando, ni gente enredando, ni gente estando como siempre solía tener, sino que era una recta de paz incómoda, enmudecida.

“¡Mi edificio!”, dijo primero, después de que le prohibieron salir hasta para hacer la compra. “¡Mi casa!”, dijo después, cuando la familia le encontró los síntomas del virus. “¡Mi cuarto!”, sollozaba entre tos y tos, aislado, desde su cama, mientras los suyos le quitaban todas las cosas que corría el peligro de infectar. Ni viaje, ni familia, ni paseo, ni vecinos, ni súper, ni salón, ni portátil. Ni tan siquiera los lados de la cama, ya que cada vez que se giraba hacia estos tosía compulsivamente y tenía que volver enseguida a quedarse mirando el techo desde el centro.

“Al menos… por lo menos, me dejarás mi cuerpo ¿no, virusito?” suplicó Marcelo Calavera, que se volvía loco mientras pasaba las horas sin más entretenimiento que el de abrir y cerrar los ojos. El virus, lo sentía él, le iba subiendo de un día para otro, primero en el pie y desde ahí reptándole hasta el estómago, aplastándole los pulmones, apuñalando su garganta y desecando su boca. El virus se lanzó, por último, a por las esperanzas de Marcelo Calavera, el cual, al atravesar los compases más graves de la enfermedad, renunciaba ya a la idea de salir vivo.

“Bueno, al fin, tengo mis recuerdos y, con eso, tanto puedo morirme como seguir viviendo”, se dijo. Y el tiempo, que pese a las prisas atiende a todos los que pasan por él, devolvió a Marcelo su cuerpo y su cama, y con ellos su esperanza. Y los días le trajeron otra vez su cuarto, familia y calle, para que ayudase y consolase a los que ahora pasaban por el túnel del que él salía. Y al cabo de uno o dos meses vio volver su barrio y su ciudad y nación, pero más festivos, más agradecidos que antes del virus. Así entendió Marcelo Calavera, a través de su particular viaje, que todo se lo podían quitar y dar de nuevo y, con lo que tuviera, habría de vivir.

Isidro Ruiz de Osma

Publicado por Álvaro Barco Muñoz

Periodista y politólogo en ciernes (URJC). Actualmente, Web Content Editor en Web Financial Group y Editor de infousera.com. Ocupo mis tardes como entrenador de fútbol 11 en el EF Madrid Río (Técnico Deportivo Nivel I) y como jugador de la primera plantilla del EF Usera. Viajero y fotógrafo amateur cuando el tiempo y el dinero me lo permite.

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