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Relatos contra el Covid-19: “Astillas”

Salgo de la habitación dando un portazo a mi espalda. Allí dentro quedan mis padres y mi hermano pequeño. La cabeza me da vueltas como una lavadora y la oscuridad del pasillo me espesa la vista. Me froto los ojos y avanzo dando tumbos hasta la cocina.

Allí están María y su marido. ¿Cómo se llama este señor? No consigo recordar su nombre.

– ¿Ro cielo, tenéis para cenar? – María está frotando una sartén en el fregadero mientras su marido fuma un puro sentado en la silla.

– Ro-cí-o  ¡Te he dicho mil veces que no me llames Ro! – bufo sin poder apartar la vista de aquel señor repugnante.

El puro entra y sale de su boca lentamente, perdiéndose entre el humo que huye por el pequeño ventanuco. La barriga grasa y peluda se escapa de su camisa y los pies, apoyados encima de la mesa, desprenden un olor nauseabundo.

– ¡Pero bueno! ¡Vaya genio traemos! – me reprime María mientras se da la vuelta para lanzarme una fiambrera llena de ceviche y plátano frito -. Toma, para que cenéis los cuatro ¡Y no se admiten devoluciones! ¡Quiero el plato bien limpito!

– Lo siento María – me disculpo mientras me siento y arranco un trozo de pan, apartando la miga -.  Ya habrás visto lo que dicen en la tele…

Divido la comida en cuatro porciones. Pero no son iguales. Cojo dos cucharadas de mi ceviche y lo echo en el plato de mi hermano.

– ¡Ay niña! Ya le estás echando más al glotón de Kevin! ¡Un día os estalla de gordo!

Me dirijo a la habitación entre risas y abro la puerta, donde mis padres siguen pegados al televisor. Mi hermano pequeño se dedica a hacer una especie de danza mientras rompe papeles de colores que esparce por la habitación. Dejo los platos en la mesilla y me siento en la cama a engullir la comida. Observo a mis padres, pero siento que estoy lejos de aquella habitación. Como si observase la escena desde un pequeño agujero de la pared, a escondidas,  en mi densa oscuridad.

Mi padre recibe una llamada. No puedo oírle. Le veo mover los labios, pero está muy lejos. Se levanta de un salto y empieza a andar por la habitación desesperado. Niega con la cabeza y suspira. Las cosas no van bien.

– Me han echado del trabajo – resopla mientras se lleva las manos a la cabeza -. ¡Joder que este mes no cobro! – grita sollozando como un niño desconsolado  -. ¿Entendéis? ¡Ni un euro!

La habitación se me cae encima. El techo me oprime, no puedo respirar. Abro la puerta y salgo de esa pesadilla. Desde la cocina me llega la voz de María peleándose con la dichosa sartén y el olor de ese puro de hoja seca.

Me dirijo al salón. Necesito salir de aquí. En el sofá dos adolescentes se besan apasionadamente. Logro reconocer a la chica. Es Paula, la hija mayor de la familia García. Vinieron la semana pasada y viven en la habitación que está pegada al baño.

– ¡Ey quién coño eres tú! – grito mientras agarro al chico del brazo y lo llevo hasta la puerta -. ¿No sabes que no puedes estar aquí? ¡A tu casa!

Le empujo fuera del domicilio y cierro la puerta. Apoyo la frente en la madera fría y noto la mirada de odio de Paula clavada en mi espalda. La oigo recoger sus cosas rápidamente, con furia. Sus pasos se dirigen hacia mí.

– Aparta – me recrimina.

– ¿Donde te crees que vas? – pregunto -.  No se puede salir de casa.

– A trabajar idiota – me responde con desprecio mientras sale por la puerta -. Soy cajera ¿Recuerdas?

Y baja las escaleras rápidamente hasta llegar al portal, donde la veo desaparecer. Me quedo apoyada en el marco de la puerta un largo rato, con la mirada perdida más allá del tercer escalón. Paso la mano por la puerta envejecida, y observo al trasluz pequeñas astillas que tratan de desprenderse de la madera. El suelo está sucio, las paredes ennegrecidas. De nuevo entro en la casa, que huele a sudor y humedad.

Trato de entrar al baño pero Luis se está afeitando. Su mujer vendrá hoy a cenar a casa y se está preparando para la ocasión. Hace meses que no la vemos por aquí.

(…)

Son casi las diez de la noche. Estoy sentada en la silla de la cocina esperando mi turno para cocinar. Luis está emocionado y lleva dos horas preparando la cena para cuando llegue su mujer. ¡Menudo banquete! La cocina huele a yuca, cebolla y maíz tostado.

– ¡Vaya sonrisa de bobo tienes incrustada en la cara Luis! – no puedo evitar reír al verle.

– ¡Cómo no! Hoy viene mi Sofía… – suspira entre fogones.

– ¿Donde ha estado estos meses? – pregunto intrigada.

– Está interna cuidando a un señora mayor. ¡Y aquí al ladito eh! Dos calles abajo, en Amparo Usera – su rostro cambia -. Dos meses sin abrazar a mi Sofía… y está tan cerca…

Embebidos en la conversación, nos damos cuenta tarde del revuelo que se está formando en la calle. ¿Qué hora es? Acaban de dar las diez. ¿Qué es todo ese ruido? Nos dirigimos corriendo al salón, la única habitación de la casa que tiene ventana.

Miles de centelleos salen de las ventanas. Linternas, luces, mecheros. Todo el mundo se asoma para aplaudir desde el balcón. La gente grita, canta, baila… ¡Algunos hasta tocan la guitarra! ¡Vivan nuestros sanitarios! Una mujer fuma sentada en su terraza mientras saluda enérgicamente a su vecina de enfrente. Un chico joven detiene su hora de deporte en la azotea para unirse al aplauso, y una madre aparta su libro para mirar con orgullo aquella jauría de lobos aullando al mismo son.

El resto de personas que viven con nosotros van llegando poco a poco al salón. María y su marido, los García, Luis y su mujer, mis padres, mi hermanito Kevin… todos nos apelotonamos junto a aquella ventana de salón, observando el espectáculo. Cuatro familias encerradas en un mismo hogar, mirando los edificios desde las alcantarillas de esta ciudad. Hacinados en un pequeño piso del sur de Madrid, sin ventanas ni balcón. Con trabajos precarios; o sin ellos. Compartiendo el espacio, los tiempos, el baño, la cama… sin un lugar para escapar y encontrar la soledad. Descubriendo que este aislamiento no es igual para todos…

Sara Santamaría

Relatos contra el Covid19: “Usera o el País de las Maravillas”

Ahora, mientras caigo, recuerdo perfectamente las caras que pusieron mis amigas de la universidad la primera vez que les hablé de esto.

Todos los barrios, todos los distritos y, si me apuras, todos los pueblos de Madrid tienen sus curiosidades. Colmenar tiene sus ovejas, sus quesos y su fiesta cervecera en octubre; Moncloa tiene sus universidades y sus bares; luego está el distrito centro, que tiene desde el rastro hasta la Gran Vía, pero eso lo considero demasiado pretencioso. Seguro que, buscando mucho, hasta los tricantinos encuentran algo de lo que presumir.

Sus caras de asombro llegaron cuando, al hablar de mi distrito, no mencioné ni índices de criminalidad, ni la plaza más contaminada de todo Madrid, ni siquiera nuestra comunidad china, sino unos simples animalitos avariciosos.
– ¡Los conejos! – decía yo con efusividad.
– ¡Venga ya! Deja de tomarnos el pelo – respondía mi compañera del norte –. Es imposible que haya conejos en Usera.
– ¿Cómo qué no? ¡Lo digo completamente en serio! Y no solo en el Pradolongo, ¡también arriba, en el Zofío!

Recuerdo poner todos mis esfuerzos en describir la realidad para que mis amigas la creyeran. Aquella situación no podía pasar desapercibida. Recuerdo contarles cómo yo mismo tampoco lo creí cuando mi primo mayor me dijo por primera vez que había conejos en el Pradolongo, y eso que para mí todo lo que dijera mi primo siempre debía ser verdad.

Desde que empecé a caer he perdido la noción del tiempo, pero no pudo ser hace más de cuatro años cuando vi los conejos por primera vez. Fue al bajarme del autobús para hacer el cambio, frente al polideportivo, cuando tres conejos salieron corriendo de un matorral y se adentraron en las profundidades del parque. Cuando pasaron unos minutos, sentado en la parada, entendí por qué corrían: un enorme gato gris con penetrantes ojos amarillos pasó tranquilamente por delante de mí con un conejo blanco en la boca. Cuando me vio, el gato se asustó tanto que dejó caer el conejo muerto al suelo, pero al darse cuenta de que yo no tenía la menor intención de moverme, lo recogió y siguió su camino. Juraría que hasta me sonrió.

Pasaron meses hasta que pude volver a ver los conejos, de pasada, corriendo frente a mí. Por alguna extraña razón, durante ese tiempo, parecí olvidarme de lo increíble que me había parecido aquello la primera vez. ¿Qué hay de raro en que una manada (¿acaso se puede decir manada?) de conejos huya de un gato sonriente? ¿Qué hay de raro en que unos animales vivan en un parque? Nada, desde luego. Incluso comí conejo aquellas navidades, y las siguientes, y las siguientes. Ahora se me revuelve el estómago solo de pensarlo.

Pero en marzo de este año comenzó la locura que me trajo a este hoyo. Fue merendando en la plaza que hay frente a la biblioteca. Yo estaba allí, pasando la tarde más que estudiando, cuando vi pasar a mi padre caminando con un sombrero muy extraño en la cabeza. Me llamó mucho la atención, pues él nunca había usado sombrero. Decidí acercarme a saludarlo, pero al levantarme del banco escuché algo moverse entre los arbustos que había detrás de mí, y me agaché para comprobar si lo que creía haber visto era real.

Efectivamente, así era: un colgante con un adorno dorado en forma de corazón, lleno de barro. Cuando alargué la mano para cogerlo sentí que algo me mordía, pero no la retiré hasta conseguir sacar el colgante. Esa misma tarde, al llegar a casa, decidí regalarle el colgante a mi madre, quien se autoproclamó orgullosa “reina de corazones”. Preguntó un par de veces de dónde lo había sacado, pero viendo que no respondía, comprendió que quizás le convendría no conocer la respuesta. ¿Cómo le explicas a tu madre que le estás regalando un colgante de oro que le has robado a un conejo?

Pasé semanas investigando conejos y liebres por internet, intentando conocer su comportamiento, pero no encontré ninguna referencia a querencia de estos animales por objetos brillantes. El tema me obsesionó tanto que llegué incluso a escaparme de casa alguna noche armado con una linterna para recorrer los parques. Un par de chicas jóvenes que me vieron huyeron de mí, y no las culpo. Pero yo no las buscaba a ellas, buscaba el tesoro de los conejos.

Aunque esta pequeña aventura me haya costado tanto, algo me dice que lo peor aún está por llegar. Por los conejos dejé de hablarme con mi amigo Guille, quien prefirió quedarse en casa fumando de su pipa a acompañarme a encontrar el tesoro. Perdí dinero y joyas de mi madre que utilicé como cebo para comprobar que, efectivamente, los conejos se llevaban ese tipo de objetos. Al menos esto me sirvió para descubrir cuál era su modus operandi. Cuando descubrí cuál era su objeto favorito, mi plan perfecto estaba listo para llevarse a cabo. Para ello sólo tenía que dejar un reloj de bolsillo a la vista, a eso de las once de la noche, en la entrada del parque, y esperar a que un conejo blanco llegara.

Y así lo hizo, y cuando llegó yo salí corriendo detrás de él, confiando en que me llevaría a su escondite y podría recuperar, no solo los objetos que yo les había estado dejando, sino todos aquellos que seguro habían estado robando al resto del distrito. Estaba seguro de que esa gente se alegraría de oír como yo había rescatado sus objetos de valor de las manos (¿acaso se puede decir manos?) de los conejos.

Imaginaos mi sorpresa cuando, persiguiendo a aquel conejo blanco, llegué a un árbol que nunca había visto, me agaché para recorrer el agujero por el que se había metido, confiando en encontrar todos aquellos tesoros, y comencé a caer. En efecto, pude ver varios de los objetos robados mientras caía, y otros con los que nunca habría creído que un conejo podía cargar, como mecedoras, un paraguas, y hasta un antiguo reloj de cuco, pero me resultaba imposible agarrarme a ninguno de ellos.

Sólo grité durante los primeros dos minutos de caída, hasta que me aburrí y comprendí que no me pasaría nada. Ahora estoy empezando a frenar. El suelo se acerca cada vez más lentamente. Supongo que ha llegado el momento de descubrir qué demonios están haciendo los conejos con tanto objeto brillante. Quizás hasta pueda preguntar a aquel gato por qué sonrió cuando me vio, o si alguien sabe de dónde sacó mi padre aquel sombrero. Me pregunto si Lewis Carroll paseó alguna vez por Usera, o como se llamase esto en su época, o si estos agujeros están repartidos por todo el mundo. Si es así, y este no es el mismo agujero que hay en Cheshire, ¿van todos a parar a las mismas maravillas?

Carlos Ruiz Ramos

Relato corto frente al Covid19: “Sentir desde lejos”

Sentir desde lejos

Ahora se ha multiplicado el valor de las cosas que antes no costaban dinero. Cuando todo
acabe, visitar a las personas que quieres se convertirá en el mejor de los viajes. Los brazos de otra persona rodeando tu cuerpo te transportarán a lugares mágicos. Un apretón de manos dejará de ser un simple saludo y se transformará en un espacio de seguridad. Cuando volvamos a bailar juntos, cualquier canción nos parecerá la mejor banda sonora. Las calles abarrotadas nos permitirán contemplar que los monumentos son más bonitos cuando están rodeados de gente. Los empujones en el metro por las prisas nos parecerán caricias y las colas interminables servirán para darnos cuentas de que el dicho “cuantos más, mejor” es más cierto que nunca. Cuando tengamos que ceder el asiento a aquellos que lo necesitan porque no hay espacio aprenderemos que “compartir es vivir”. Cuando todo acabe, nos querremos con más ganas y nos querremos mejor. Y, sobre todo, nos querremos cerca.